“Somos de tierra y a la tierra tenemos que volver. ¿Qué miedo? Dios nos guarda”, expresó a la AFP Lida Hernández, una oriunda de Palictahua que se niega a abandonar del todo ese recinto donde, dice: “Está mi vida”, y que dejó de ser visitada por sus cinco hijos quienes emigraron en busca de prosperidad.
Entre risas, la mujer de 78 años añadió que sus descendientes “no quieren volver a ser tierra (morir)”, por lo que se olvidaron de Palictahua, uno de los poblados que fue arrasado por los flujos de lava, lodo y escombros que descendieron bruscamente del pico del Tungurahua en julio y agosto de 2006.
“Durante ese período, se registró la mayor actividad del volcán con lahares (aludes) que pueden bajar a 85 km por hora y flujos piroclásticos (material incandescente) de hasta 800 grados centígrados que se desplazan a velocidades de entre 75 y 150 km por hora”, explicó un vulcanólogo del Instituto Geofísico.
Cuando sale el sol, Hernández, a quien las autoridades entregaron una casa en la cercana localidad de Penipe, vuelve a su terreno para sembrar y alimentar gallinas y cuyes (conejillos de indias) a pesar de que el volcán de 5.029 metros de altura “está bravo”.
“Pero yo no le tengo miedo” apuntó la anciana, que por las tardes va hasta Penipe “sólo para dormir, por seguridad”. “¿Qué hago allá? Nada. Pasar durmiendo, de vaga. Acá engordo animales para subsistir, sino, no hay para el ‘chapo’ (agua aromática con harina de cebada tostada)”, añadió.
En el umbral de su vetusta casa, la mujer aún lamenta la “tragedia grande” de 2006 en Palictahua, donde seis personas murieron. “Unas quedaron sepultadas, otro quedó quemadito. Los cuerpos de dos nunca fueron encontrados porque la correntada de lodo les sorprendió cuando cruzaban el puente”, recordó.
Con casas bajo tierra, de la que sobresale algún domo de horno de pan, Palictahua es una de las aldeas arrasadas por efectos de la erupción del Tungurahua, ubicado en el centro andino de Ecuador y cuya actividad se reanudó en enero.
“Esta semana hubo dos días en que parecía que el cerro se venía encima y la tierra se movía”, señaló Hernández.
En el área de riesgo, hay preocupación ante una posible erupción inmediata. El agricultor Hólger Guamán expresa con temor: “Estamos en cosecha y se nos puede echar a perder todo”.
“Tememos que la erupción dañe los cultivos” de productos como maíz y tomate, anotó el campesino de 24 años, quien se decidió por retornar a Palictahua en virtud de que en el sitio fue reabierta la escuela en la que estudian dos de sus cuatro hijos.
Rememoró que en la erupción de 2006 “el solo humo quemó árboles, durante 15 días era una nube de polvo que atrapó al poblado”.
Guamán enfatizó: “Es difícil salir a otro lado sin tener de qué vivir”, aunque añadió que la ceniza fertiliza la tierra y compone el fréjol sembrado porque “lo desinfecta, el azufre le ayuda a desarrollar”.
“Se alteró” el Tungurahua, apuntó a su vez el anciano Luis Medina, indicando que en Calci -otro caserío en las faldas del macizo- cae polvo volcánico y “el azufre afecta a los ojos”.